No te lo vas a creer, pero he detectado un patrón en todas nuestras fotos: siempre llevabas joyas.
Llevabas joyas mientras tomábamos café para llevar, mientras estirabas en pilates, o cuando te pintabas los labios y dejabas un beso en mi espejo. Llevabas joyas mientras esperabas al repartidor, comprabas tomates en el mercado o leías tus libros en el parque. En las horas de coche viajando al sur de Francia, y también en ropa interior.
A veces, si prestas atención, la próxima estación se cuela en la actual. La primavera está asomando a ratos, en la brisa suave que hace aplaudir las ramas, o en el rayo de sol que por fin perfora las nubes, y traspasa la ventana de la cocina, calentándote las manos mientras cocinas algo a fuego lento, y escuchas una lista aleatoria de Spotify. También en la mirada cómplice de dos desconocidos que se cruzan cada mañana, como diciéndose: hoy no nos mojamos, por fin… Cruel paradoja, cuando lo logremos, ya lo habremos vivido.
Algún día descubriremos que los días de lucha, fueron los más felices. El propósito de la vida debería ser experimentar cosas por las que más adelante sintamos nostalgia. ¿De qué sirve sino que todo se reduzca a un puñado de lunes?
Si te gusta, díselo, si te estalla el pecho, grítaselo. No siempre sabemos qué hacer, ni cómo comportarnos, pero por favor no lo aplaces, minimiza remordimientos. Como en París, cuando llovía todo el rato, pero a mí me daba igual, y acabamos, sin querer, cenando salmón, bebiendo pinot-noir, y escuchando jazz.
No sé si te has dado cuenta, cada vez que salimos por Madrid, nos lo tomamos como una nueva cita, y vamos de calle en calle, hasta que se acaba el día. Madrid te da la oportunidad de ser joven una y otra vez.
Te espero, si hace falta, en todos los trasteros de la ciudad.
Seguro que ahí también llevarías tus joyas.
Dimas S.