Carta VII: Abejas, candelabros y joyas

Carta VII: Abejas, candelabros y joyas
Me gusta imaginar un mundo en el que los animales, e incluso algunos objetos, hablan, sienten y se comportan como nosotros. Un mundo en el que puedes encontrarte a un perro tomando café en una terraza, vestido de Zara, dándote los buenos días mientras lee el periódico. O a los pájaros explicando en un tutorial cómo componen las canciones que pían para cortejar a las pájaras (esto es real, el que más canciones se sabe, gana). Imagino a las abejas reunidas en un tribunal dictando sentencias contra los zánganos de la colmena (aquellos que no han conseguido copular con ninguna hembra en temporada, y son despedazados por la abeja reina. Sí, esto también es verídico).  También he llegado a pensar en una cucaracha en terapia, explicando porque se limpia las patas después de tocar la piel de un ser humano, y de cómo se siente cuando se compara con la mariposa.
Con los objetos más de lo mismo, la taza quejándose porque la han vuelto a utilizar sin más, dejándola sucia en el fregadero. El candelabro que espera ansioso que lo enciendan porque se siente vivo, aunque sabe que cada vez que prende, su final está más cerca. El lapicero que se desgasta contra el papel, y aún así resiste, el papel lo aguanta todo.
Y las joyas…a las joyas las imagino con fuertes tendencias nostálgicas, anillos hablando entre ellos del día que brillaron, de los ojos que los recibieron, o de aquel viaje que llegaron a unas manos para quedarse siempre allí. Alta tendencia a la melancolía, combatida con un optimismo patológico: el próximo gran momento, lo mejor está por venir.
Imagino todo esto, mientras miro al tipo del espejo, y me pregunto si no me estaré describiendo a mí mismo.
Dimas S.
Por cierto, hablando de anillos que llegan para quedarse, ¿te has fijado en nuestro anillo Marie?