Los de mi generación, somos en general una generación más alta que la anterior, porque en los 90s se introdujeron los petit-suises, el colacao y los cereales de colores, y aunque años después descubrimos que no era lo más sano, lo cierto es que te hacían crecer.
Eso me ha hecho pensar en la medida de las madres, en promedio, más pequeñas que nosotros, con el tiempo han tenido que ponerse de puntillas para poder besarnos. Sin embargo, de niños, éramos nosotros quien nos empinábamos para robarles un beso.
Con esto quiero decir que nos hemos pasado la vida estirándonos y agachándonos para buscar la medida exacta donde poder querernos.
La medida de una madre… ¿cuántos cicatrices en los vientres, que nunca se han considerado heridas verdad?
A veces me pregunto si fui más feliz cuando no sabía que lo era. Cuando correr descalzo por el patio era un acto de libertad, y el mundo entero cabía en la risa de mi madre desde la cocina.
Amigas, amigos, el tiempo no nos pertenece, una madre es una capa invisible que nos protege mientras crecemos, sin que se note, en vela y en vilo. Lo mejor herencia que una madre puede dejarle a una hija, son buenos recuerdos. Y lo mejor que una hija puede dejarle a su madre, es tiempo, miles de planes cotidianos y complicidad, devolvérselo todo, sin condiciones, y hasta el final. Sólo así hallaremos paz al cerrar el libro. La sensación de haberlo dado todo, el tiempo bien exprimido.
Hoy es el día, hoy es el primer día, y ya nunca seremos más jóvenes que ahora.
Dimas S.