CARTA XV: MAFALDA

CARTA XV: MAFALDA

Mafalda acaba de terminar su clase de yoga. Ella lleva haciendo el saludo al Sol mucho antes de que se pusiera de moda. En aquella época, cuando se apuntó, su círculo cercano pensaba que pasaba por una crisis (¡ya vas a meditar!, decían), pero ella por dentro lo sentía como un despertar. Se había cansado de sostener un personaje para complacer a otras personas que piensan que el éxito es un mejor bolso, coche, o dar la entrada de un piso, o los eventos de multinacionales en los que nadie baila y a todos les da vergüenza comer, y no se dan cuenta que el éxito real, se mide por el tiempo que tienes para desayunar un día cualquiera. La paz mental importa más que el reconocimiento, llega un momento que pesa mucho el coste de vivir abandonándote.

 Mafalda no es mayor, tampoco super joven, aunque siempre que negocia con el espejo, se dice a sí misma que la edad es sólo un estado de ánimo. El pelo y las manos cuidadas y un pelín de colorete, es todo lo que necesita para verse sexy. Y como todos, tiene sus supersticiones, ya no sale de casa sin su anillo preferido, uno que tiene una piedra amazonita incrustada en el centro. Es un anillo irregular, como martilleado, y le gusta llevarlo siempre para recordarse que la vida real es precisamente así, irregular, martilleada, pero con una gran energía en el centro de todo. El azul de la piedra amazonita brilla intensamente, y a veces se queda mirándola fijamente durante un minuto. Probablemente esa piedra lleva mucho más tiempo aquí que todos nosotros, y seguirá cuando nos hayamos ido.

 Le gusta ver su anillo cuando coge la taza de café que toma en Faraday, cerca de su casa, le está tomando el gusto al bar, la panadería y el café de barrio. No hay porque ir cada día mostrar un nuevo sitio distinto. Que la llamen por su nombre, que le digan "lo de siempre", o hay belleza en la repetición si la sientes hogar.

 A veces, uno se cura más fuera que dentro de casa. No hay que confundir "estoy descansando" cuando en realidad "me estoy apagando". Así que Mafalda, en su nueva versión, en una vida que se parece más a ella, se ha propuesto desayunar fuera cada día. No te pueden pasar cosas si te quedas mirando a la televisión.

 Se abre la puerta, un chico entra con la revista Normal del Vips bajo el brazo, y unas margaritas recién compradas a la vuelta de la esquina. Deja su gorra en la silla de al lado. Las mesas siempre tienen dos sillas. Mafalda lo mira, indecisa, buscas respuestas en su piedra azul intenso. Se levanta.

  • ¿Está libre? Sonríe.

  • La gorra ya se iba -dice el chico sonriendo y quitándola de la otra silla.

  • Soy Mafalda.

     Y cómo no...le tiende la mano donde lleva su anillo.

 Dimas S.