Carta XXVIII: El perfume de otoño

De pronto un día, te asomas por la ventana, y huele diferente, como a tierra húmeda, aunque no haya llovido, y no te explicas por qué. Tengo una teoría, estamos en una época en la que los campos dan sus frutos (uvas, tomates, calabacines, pimientos, higos...), así que el aire de alguna manera transporta durante kilómetros esta combinación de olores a vida que llamamos "a tierra húmeda" ("petricor" para los técnicos), y cuando salimos a la ventana, nos llega. Por tanto, se podría decir que uno de esos héroes del campo llamados agricultores, acaba de acariciar tu mejilla, quizás a 50Km de distancia, a través del aire. Y todavía hay gente que no cree en la magia.

Más magia: a mitad de septiembre, la luz se vuelve más tenue a media tarde, como si alguien desde arriba la regulara, y areniza las fachadas de los edificios. Las hojas se van vistiendo de una gama infinita de ocres. Algunas saltarán al vacío pronto desde sus ramas, creando una alfombra bosquejo en medio del alquitrán, por la que pasearemos cual estrellas de cine, protagonizando nuestra propia película, porque todos sabemos que el año de verdad, empieza en septiembre.
Mientras llenamos la libreta de nuevos hábitos y objetivos (madrugar más, cenar antes, levantar peso, tomar más proteína, salir entre semana, consumir más arte, el utópico intento de ahorrar, no aplazar quedadas con nuestras personas vitamina, empezar ese proyecto que solo tú entiendes bien en tu cabeza, hacer algo con las manos, comprar en los mercados, no beber para olvidar, ni para celebrar, ni para que simplemente pase algo, sino porque te apetece), vemos a los Clooney, con un aura magnética, llegar en bote caoba un año más al Festival de Venecia, y en Donostia ya preparan la ciudad para la llegada de Brad Pitt.

El perfume del otoño se encuentra en las chicas de septiembre, que hacen trampa, con un tono más en su piel habitual, y llenan sus cuadernos de ideas en cualquier cafetería, escuchando podcast en sus cascos de cable, y andan más deprisa por la calle, como si hubieran cargado sus pilas en alguna parte, lejos de la ciudad. Ni siquiera ellas saben porque van más deprisa, pero ha vuelto el brillo a sus ojos. La ciudad se va llenando de eventos de todo tipo, vuelven las agendas pintarrajeadas, las series de vidas caóticas entre amigas y de adolescentes en colegios impecables. Bienvenidos a la estación de los soñadores, o, dicho de otra manera, los irrompibles.

Dimas S.

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