Todos conocemos a alguien que es de una tierra concreta, y conforme la persona se va moldeando, nos da la sensación de que viene de otro lugar. Por ejemplo, la chica de Soria, cuya forma de vestir, decorar y relacionarse, parece sacada de de un fotograma de Orgullo y Prejuicio, o el chico de Aranjuez que se comporta como un señor de Downton Abbey, la chica de Jávea que cultiva los jardines como si regentara una Maison en Saint Remy de Provence, o el chico manchego que creció entre viñedos sin darse cuenta de que tenía dentro a un escritor de Montmartre.
Nadie sabemos quién somos, ni siquiera cuando elegimos carrera para ir a la universidad, esa burbuja de la vida que te regala unos años a lo Gran Gatsby, y que todavía no es la vida real. Tras los excesos, martillean los versos de Gil de Biedma en aquel poema "No volveré a ser joven", al que también pone voz Loquillo: que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde...
El futuro se parece mucho al nivel promedio de la gente que está en las primeras posiciones de tu Whatsapp, y empiezas a nadar entre toda la nostalgia, la droga legal que más dinero mueve en el mundo, y que nos hace sentir algo más refugiados. Eres lo que piensas, cuida la calidad de tus pensamientos, háblale bien al tipo del espejo, eso es todo.
Con el tiempo, hasta donde sé, la felicidad tiene la mala costumbre de parecerse demasiado a un día cualquiera. Lo difícil es reconocer que ese momento en concreto, es una foto que archivar en tus ojos, y no dejar que pase sin más. Se puede vivir muchas vidas dentro de una vida, empezar una y otra vez, nuestras jaulas son sólo mentales, mientras hay partido la vida está ahí esperando a que tú muevas ficha.
Tras muchos brindis y un millón de cicatrices, vas sabiendo dónde aguan la leche, dónde añaden arena al azúcar, o quien confunde una baratija con un diamante. Tu intuición, no es más que la experiencia susurrándote, tu ChatGPT interno, hazle caso, y si es con miedo, pues hazlo con miedo.
Quizás todo esto sean sólo palabras, yo llevo ya muchos años en ciudades, pero vengo del pueblo, y ya sabes, la gente de campo a veces no habla tanto, parece que no profundiza, pero de vez en cuando surge una sola frase que llega hasta el fondo, pellizca el alma, y después pasamos a otra cosa.
Para terminar, he invitado a Camus para el cierre de esta carta: "Toda decisión exige una renuncia. Lo que dejas ir, es el precio exacto de lo que eliges ser."
Dimas S.