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"El verano es para los ricos, los niños, y los recién casados", me digo cada vez que me subo a mi coche y marca 45 grados en estático, el volante es una vitrocerámica, y busco el botón del aire acondicionado como si pulsarlo me fuera a llevar a la siguiente pantalla del juego. Me lo digo cada vez que oigo los aires acondicionados en el patio interior de madrugada, y me lo digo cada vez cierro los ojos y recuerdo al niño que fui, lanzando globos de agua, desayunando cereales al inicio del Club Megatrix, jugando partidos de baloncesto cada tarde, grabando CDs, y corriendo por el pueblo hasta las tantas mientras las familias, aún sin sillas vacías, tomaban el fresco comentando la rabiosa actualidad.
Pero he engañado al sistema, tengo un truco, me sigo sintiendo un poco rico, un poco niño y un poco recién casado. Y entonces sucede, encuentro alivio, y vuelve el brillo en estos ojos que miran. Y me doy cuenta de que siempre recuerdo con más cariño los libros que me leí durante el verano, y que cuando se trata de helado, nunca es suficiente. Observo los bañadores cubiertos de salitre, tendidos al sol y me gusta ver la sombra que hacen cuando los mueve una ligera brisa. Y me gusta que vuelva el Gran Prixaunque cada vez lo vea menos, y la luz del cielo en los conciertos de verano, e irme a un lugar donde nadie me juzgue ni moleste, y pueda ser la persona que me dé la gana esos días, como si el juego empezara de nuevo.
Y me siento por la noche a esperar que caiga una perseida, como si alguno de los nuestros nos guiñara un ojo desde el cielo, y entonces lo entiendo, se echan de menos los tiempos en el lugar, no el lugar en sí, por eso, lo que pellizca el corazón es mirar aquellas fotos. El verano no tiene la culpa, porque el verano en el fondo es la vida en máximos, pero crecemos, y todo lo anterior ya está vivido, es lo que hay.
Cuida tu cotidianidad, es ahí donde sucede la vida, ¿o no fuiste feliz sólo con una pala y un montón de arena?
La clave es dejar huella, no cicatriz. Que aquí abajo te admiren, y allí arriba se sientan orgullosos.
Dimas S.
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Carta XXIV: Mi opinión del verano