Hay una extraña culpa en no hacer nada. Escuchar un disco entero sin más estímulos, esa revista abierta boca abajo sobre el sofá, una partida de cartas que se alarga entre la primera y la segunda merienda. Dejarse vencer en el patio, después de comer, por ese rayo de sol que te pega en diagonal. Descansar por descansar, no para rendir mejor.
Uno de los grandes males de los últimos tiempos que nos acecha es el hecho de acabar cuanto antes algo y llenar inmediatamente el espacio que queda. La prisa como forma de organización social. Todos picoteándonos como pollos de granja sin preguntarnos exactamente para qué. El ocio no es una pérdida de tiempo si nos quitamos la culpa de ejercerlo. El libro, la escapada, el café, o como pasas la tarde del domingo, son cosas que sí eliges tú. No pidas perdón por descansar.
Es cierto que nuestra nostalgia está trucada, pues recordamos nuestra juventud llena de tiempo libre, pero es sólo porque otra persona estaba comprando, cocinando, trabajado o cuidando de las cosas mientras jugábamos. No obstante, no es sana la tendencia actual: esperar a estar agotados para poder descansar.
Empiezo a pensar que detrás de la prisa y la retransmisión continua de nuestras vidas se vislumbra falta de descanso y quizás también, por culpa del primero, también falta de afecto. Nos hemos tropezado con los tres escalones del ego: el yo, los míos, y mis tierras, y vamos rodando cuesta abajo, a golpes y sin tiempo para lamernos las heridas. La vida no es algo que haya que terminar cuanto antes.
Me inunda el asombro cuando veo decoraciones navideñas por la ciudad, con todavía 25 grados y antes del puente del Pilar. Turrones en los supermercados, colocados al lado del gazpacho veraniego, calabazas de Halloween prácticamente al lado de las mochilas de la vuelta al cole. Lo próximo supongo que será la Semana Santa en carnaval. No hay nada que pueda convencerme de que todo esto es una buena idea. Ya nadie tiene la cabeza en el mismo lugar donde tiene el culo en tiempo real.
Y mientras, a medida que vamos perdiendo (porque “no hay tiempo”), esa charla de banco, poyete o barra de bar, compartiendo algo de ágape, donde se profundiza y se toman fotos con los ojos...nos seguiremos preguntando por preguntar (a toda prisa): ¿qué tal todo?... Pues bien, sino entramos en detalles, claro.
Dimas S.